El 6 de junio de 1982, el ejército israelí invadió al Líbano como represalia por el intento de asesinato del embajador de Israel en Londres, Shlomo Argov, dos días antes. Por entonces, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) se encontraba en Beirut, la capital libanesa. Su sede fue rodeada por las tropas israelíes y se presagiaba una masacre. El enviado especial de Estados Unidos, Philip Habib, intercedió para la negociación de un alto el fuego y la humillante evacuación de la OLP el 1 de septiembre. Hasta ese momento, según las estadísticas libanesas, la ofensiva israelí causó en solo dos meses, 18.000 muertos y 30.000 heridos, en su mayoría civiles. Parecía que todo había acabado ya. Pero el 11 de septiembre, Ariel Sharon, ex primer ministro israelí, entonces ministro de Defensa y arquitecto de la invasión, dijo que todavía había "dos mil terroristas" en unos campos de refugiados palestinos en las afueras de Beirut. Fue la señal.
El 15 de septiembre, el ejército israelí ocupó Beirut Occidental y cercó y selló los campos de refugiados de Sabra y Chatila, donde vivían más de 14.000 civiles palestinos y libaneses. Los soldados y tanques israelíes rodearon los campos e instalaron puestos de control en puntos estratégicos con el fin de inspeccionar todas las entradas y salidas de los campos. Sharon mismo dirigió personalmente la operación desde un puesto de mando situado en las proximidades del campo de Chatila. Desde el tejado del edificio se podían observar claramente los campos de Sabra y Chatila.
En la mañana del 16 de septiembre, desde varios puntos elevados que rodean los campos, donde estaban apostados los soldados israelíes, se abrió fuego sobre los campos. Al mediodía, los mandos militares israelíes dieron luz verde a una unidad de unos 150 milicianos falangistas para que entraran en los campos. En ese momento, el general Drori telefoneó a Sharon y le dijo: "Nuestros amigos ya están entrando en los campos. Hemos coordinado su entrada". A lo que Sharon respondió:"،Enhorabuena! La operación de nuestros amigos está aprobada" [1].
En las 40 horas siguientes, los falangistas violaron, asesinaron e hirieron a miles de civiles desarmados, en su mayoría niños, mujeres y ancianos. La cifra oficial de muertos ofrecida por las autoridades israelíes fue de 700, pero según Kapeliouk, un acreditado periodista israelí que realizó su propia investigación hubo en torno a 3.500 personas asesinadas. La cifra exacta nunca se ha podido determinar, porque, además de las mil personas que aproximadamente fueron enterradas en fosas comunes por el Comité Internacional de la Cruz Roja o por los propios familiares en cementerios de Beirut, gran número de cadáveres fueron sepultados bajo los edificios derruidos por las excavadoras de los falangistas. Por otro lado, centenares de personas fueron introducidas vivas en camiones con destino desconocido. Son los/as desaparecidos/as. Nunca más se supo de ellos.
El ejército israelí y el propio Sharon tuvieron pleno conocimiento de lo que pasaba en los campos durante esos tres días, hasta la mañana del 18 de septiembre. Los mandos militares israelíes estuvieron en constante contacto con los líderes de la milicia ultraderechista libanesa que dirigieron la masacre. El ejército israelí bloqueó todas las entradas y salidas de los campamentos, impidiendo que huyeran los refugiados, y lanzó bengalas desde helicópteros y morteros para que las matanzas prosiguieran durante la noche.
Las víctimas y los supervivientes nunca han sido considerados merecedores de una investigación formal en Líbano, Israel o en cualquier otra parte. Después de que unos 400.000 israelíes se manifestaran en las calles en señal de protesta, el Knesset --parlamento israelí—nombró una comisión de por Isaac Kahan. A pesar de las limitadas competencias de la comisión, esta concluyَ que el ministro de Defensa, Ariel Sharon, fue "personalmente responsable" de la masacre.
Sharon dimitió como ministro de Defensa, aunque permaneció en el gobierno como ministro sin cartera. A pesar de que el mismo Consejo de Seguridad de la ONU calificó los hechos como "masacre criminal", de que la Asamblea General de la ONU los calificó como "acto de genocidio", del veredicto informal de la Comisión Kahan y de otras comisiones no oficiales de la Comunidad Europea, a pesar del gran parecido de la masacre de Sabra y Chatila con los pogromos antijudíos y con las matanzas de judíos perpetradas por los nazis..., a pesar de todo esto, ha prevalecido la ignominiosa doble moral y Ariel Sharon fue electo como primer ministro de Israel entre el periodo de 2001-2006, un líder político con las manos manchadas de sangre de miles de civiles inocentes.
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Una pelusa escribió: