3 de febrero de 2010

Reinaba la confusión en el tiempo...

El aire de la habitación era sofocante.

El cielo, amenazaba con estrellarse en nuestra noche,

No podíamos cerrar los ojos.

Las mantas, nuestro endeble refugio.

El temor, espejo de la inocencia.

Jugábamos con las manos, con los pies

Un trozo de tiza bastaba,

Para saciar la sed de nuestra imaginación,

El hambre de nuestro genuino corazón.

Luchábamos! en secreto

Ignorando el motivo de nuestra contienda,

Hasta que esas mismas manos con que jugábamos,

Con sangre enardecida, habría de develar el misterio.

Sutilmente llegamos, invadimos este ínfimo mundo,

Con luces brillantes, que pulso a pulso

Se tornaron opacas, casi imperceptiblemente.

El rubor, símbolo de la vergüenza;

Lágrimas, sello de la piedad.

Reinaba la confusión en el tiempo,

Contraviniendo el sentido del reloj,

Paralizando sus clavijas

En un segundo que todo ve.

Creímos en un Dios,

Su omnipotente verdad arrulladora,

Tierna y cálida;

Capullo protector que nunca nos abandonaría.

Pelusiabamos, sonrientes

Con armas siempre triunfantes,

nos aferrábamos a la cuna con abrazos,

Brazos que se convirtieron en grilletes;

Fundiéndonos en ese mar infinito,

Desconociendo las fronteras,

Distorsionando los colores,

Atados a fantasmales cadenas.

Cada paso lo girábamos, lo gritábamos!

Sin reproches, rompiendo el silencio,

Que ya tendría lugar en tiempos venideros.

El tiempo avanzó.

Arrolló suavemente nuestra inquietud,

Expulsándonos de ese Edén,

A un caos de orden liberado y deliberado.

De golpe tuvimos que arrancar

Nuestro sueño cautivo,

Caímos en el más grande lamento,

Nuestra injusta pérdida.

La vejez, fugazmente nos azotó

Invocando al pánico,

Conocimos el amor, fruto prohibido

Y dentro del amor, la crueldad,

La traición, la inevitable corrupción,

La obvia desconfianza, la delirante soledad.

¿Qué será de nosotros?

El vértigo y la mansedumbre se apropiaron de nuestra voz,

Las piernas, que antaño corrían, ahora caminan.

Los labios ya no ríen, tan sólo sonríen,

Y los ojos, ya no lloran!

Y a lo lejos se oye el murmullo de unos gemidos.

Nunca hemos visto a Dios,

En el fondo de nuestra alma,

Siempre juzgamos su fortuna,

Envidiamos su magnificencia,

Su omnipresencia,

Y nos alejamos de la gran magia.

Pero aún, en algún rincón

A veces hacemos trampa,

Y en la oscuridad de nuestra habitación,

Jugamos a retroceder las horas del reloj.

1 comentario:

  1. Pasaba yo a intrusear por aquí...xD
    En mi opinión es desesperante, pero hermoso, transmite una sensación de desasociego e inquietud que me llegó mucho.
    Saludos compañera javierina! :)

    ResponderEliminar

Una pelusa escribió: