18 de septiembre de 2010

Al son del son

No tengo a quien cantar, lisa y llanamente simple de entender, no tengo. ¿Por qué? Porque no hay quien. Entonces resuelvo el problema creando dioses de barro, oídos de barro y, por eso me remito a viejos acontecimientos memorables para urdir con ellos odiseas amorosas, cuando ya estoy zaceada de la bastedad vana e insufrible de la razón. Es que no puedo soportar más tiempo sin ponerle algo de azúcar a esto, y te imagino dulce y apacible, mío y apetecible como un caramelo.
Sin embargo, no puedo delinear más claro el horizonte entre la idea y su elemento tangible; a veces, vienes a mi cuarto y golpeas la puerta mientras duermo y creo que estás conmigo, de verdad escuchándome, riéndome, tocándome, besándome, caminándome. Pero te desvaneces, te marchas y te vuelves más real, más tuyo y menos mío, con tu dialéctica insoportable, tu dialéctica materialista propia de lo que parecieras aborrecer, ya sé porqué no te gusta el lado siniestro de la vida, el lado rojo de ella, el arrebol de los días, ya sé, porque todo eso es pasión, sí amor, rojo pasión, y eso, eso es de lo que tú careces, careces de esa pasión que emana del ventrículo más potente que bombea sangre ardiente y ahí me dejas, perdida en la pregunta por tu esencia, un aroma que no deja estela, como una herida invisible, que no se sabe como se hizo ni como se cura; la pregunta por tu ausencia por tu presencia tácita en cada palabra de éste monólogo.

Dejaría de inventar momentos ilusorios. ¿Pero cuál es el botón mode off de los recuerdos? Ya me voy quedando sin argumentos para justificar esta adicción malsana de escribir cuentos sin línea temporal, sin comienzo ni final, retornos, giros, y vueltas de carnero.
Quizás por eso no puedo desandar mis pasos en marcha atrás pero mirando hacia adelante, quiero tenderme en el suelo del vagón ferroviario sin destino acordado. Quizás así lleno este espacio vacío; absoluto, absurdo, unidireccional. Tal vez así nos enajenamos cuando se nos presenta muy de cerca la monstruosa presencia del sentimiento, del error consumado.
Entonces yo te invento como un juego, como un arma, hasta verte por ahí hecho hombre, y te escribo mientras, para dejar constancia de que exististe y de que dejarás de hacerlo algún día no muy lejano.

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Una pelusa escribió: