6 de abril de 2011

Y también me parece oír el silencioso coro de las respuestas de la gente, que espera en sus butacas:

“Cuéntame algo que me dé miedo”.

“Cuéntame algo para que no tenga miedo”.

“Cuéntame algo que me haga reír”.

“Cuéntame algo para soportar la realidad”.

“Cuéntame que antes de morir viviré un gran amor”.

“Cuéntame que la vida no es sólo ir a la oficina todos los días”.

“Cuéntame, cuéntame...

Una sala de cine es el único ámbito donde los adultos confiesan la supervivencia de la infantil necesidad de ser arrullados por un cuento. ¿Se imaginan al director de un banco, tomándome la mano, diciéndome: me cuentas un cuento? ¿A un general de brigada, suplicándome: cuéntame un cuento, que me da miedo la noche...? ¿A un ministro de economía tratando de disimular su pudor al pedirme: cuéntame un cuento donde lo que más importe sea el amor...? ¿Se imaginan que algo así pudiera ocurrir en la vida real?

Por supuesto que no.

Sin embargo eso ocurre en las salas de cine, que son las sedes diplomáticas universales, adonde los seres humanos acuden a pedir un salvoconducto para sus sueños.

Haciendo uso del anonimato de la oscuridad, el director del banco, el general del ejército, el ministro de economía, obstetras y abogados, culpables e inocentes, víctimas y asesinos, todos por igual hacen la misma petición, formulada de distintas maneras, de acuerdo con su rol social:

“Sácame de aquí, que para eso te pago”.

“Déjame soñar un ratito con esa maravillosa posibilidad que la vida no me da: ser otro”. En suma: “cuéntame un cuento”.

Extracto de "Mi oficio" Eliseo Subiela

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Una pelusa escribió: