En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.
- Te han cortado?- preguntó el hombre.
- No-dijo ella-. Siempre he sido asi.
El la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta.
Dijo:
- No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Echate en la hamaca y descansá.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reirse, cuando el le decía:
- No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en la hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
- Lo encontré! Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
- Es asi -dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desdprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.
C A R A M E L O
10 de septiembre de 2011
1 de septiembre de 2011
Son demasiadas emociones para un corazón tan pequeño.
No hay mente que aguante, tampoco.
Te quiero, pero no sé. No sé, la frase del día, pero no sé, no sé nada, quizá lo sé todo pero está desordenado. Sí, eso pasa. Ya sé.
Sé que te quiero, sirve? Perdón por mi desastre.
Ordenemos un poco? Tengo un problema con el tiempo. El tiempo, subjetivo, pesado. Siento -porque ya no pienso- que el tiempo es corto, se ve corto si me abstraigo... ya, es poco tiempo.
No hay mente que aguante, tampoco.
Te quiero, pero no sé. No sé, la frase del día, pero no sé, no sé nada, quizá lo sé todo pero está desordenado. Sí, eso pasa. Ya sé.
Sé que te quiero, sirve? Perdón por mi desastre.
Ordenemos un poco? Tengo un problema con el tiempo. El tiempo, subjetivo, pesado. Siento -porque ya no pienso- que el tiempo es corto, se ve corto si me abstraigo... ya, es poco tiempo.
11 de junio de 2011
13 de abril de 2011
Namaste
Námaste es una expresión de saludo de Asia del sur originario de India. Se usa en varias tradiciones budistas así como en numerosas culturas en Asia, tanto como el hola y el adiós del idioma español, para saludar, despedirse, pedir, dar gracias, mostrar respeto o veneración y para rezar. Normalmente se acompaña por una inclinación ligera de la cabeza hecha con las palmas abiertas y unidas entre sí, ante el pecho, en posición de oración. En India, el gesto se acompaña a veces con la palabra námaste.
El término proviene del sánscrito नमस्ते (‘[te] reverencio a ti’). En japonés se llama 合掌 gasshō.
6 de abril de 2011
Y también me parece oír el silencioso coro de las respuestas de la gente, que espera en sus butacas:
“Cuéntame algo que me dé miedo”.
“Cuéntame algo para que no tenga miedo”.
“Cuéntame algo que me haga reír”.
“Cuéntame algo para soportar la realidad”.
“Cuéntame que antes de morir viviré un gran amor”.
“Cuéntame que la vida no es sólo ir a la oficina todos los días”.
“Cuéntame, cuéntame...
Una sala de cine es el único ámbito donde los adultos confiesan la supervivencia de la infantil necesidad de ser arrullados por un cuento. ¿Se imaginan al director de un banco, tomándome la mano, diciéndome: me cuentas un cuento? ¿A un general de brigada, suplicándome: cuéntame un cuento, que me da miedo la noche...? ¿A un ministro de economía tratando de disimular su pudor al pedirme: cuéntame un cuento donde lo que más importe sea el amor...? ¿Se imaginan que algo así pudiera ocurrir en la vida real?
Por supuesto que no.
Sin embargo eso ocurre en las salas de cine, que son las sedes diplomáticas universales, adonde los seres humanos acuden a pedir un salvoconducto para sus sueños.
Haciendo uso del anonimato de la oscuridad, el director del banco, el general del ejército, el ministro de economía, obstetras y abogados, culpables e inocentes, víctimas y asesinos, todos por igual hacen la misma petición, formulada de distintas maneras, de acuerdo con su rol social:
“Sácame de aquí, que para eso te pago”.
“Déjame soñar un ratito con esa maravillosa posibilidad que la vida no me da: ser otro”. En suma: “cuéntame un cuento”.
Extracto de "Mi oficio" Eliseo Subiela
“Cuéntame algo que me dé miedo”.
“Cuéntame algo para que no tenga miedo”.
“Cuéntame algo que me haga reír”.
“Cuéntame algo para soportar la realidad”.
“Cuéntame que antes de morir viviré un gran amor”.
“Cuéntame que la vida no es sólo ir a la oficina todos los días”.
“Cuéntame, cuéntame...
Una sala de cine es el único ámbito donde los adultos confiesan la supervivencia de la infantil necesidad de ser arrullados por un cuento. ¿Se imaginan al director de un banco, tomándome la mano, diciéndome: me cuentas un cuento? ¿A un general de brigada, suplicándome: cuéntame un cuento, que me da miedo la noche...? ¿A un ministro de economía tratando de disimular su pudor al pedirme: cuéntame un cuento donde lo que más importe sea el amor...? ¿Se imaginan que algo así pudiera ocurrir en la vida real?
Por supuesto que no.
Sin embargo eso ocurre en las salas de cine, que son las sedes diplomáticas universales, adonde los seres humanos acuden a pedir un salvoconducto para sus sueños.
Haciendo uso del anonimato de la oscuridad, el director del banco, el general del ejército, el ministro de economía, obstetras y abogados, culpables e inocentes, víctimas y asesinos, todos por igual hacen la misma petición, formulada de distintas maneras, de acuerdo con su rol social:
“Sácame de aquí, que para eso te pago”.
“Déjame soñar un ratito con esa maravillosa posibilidad que la vida no me da: ser otro”. En suma: “cuéntame un cuento”.
Extracto de "Mi oficio" Eliseo Subiela
6 de octubre de 2010
Sabina
Me considero un rojo sin diminutivos. No soy un rojillo, soy un rojo, un rojazo. Y eso no quiere decir comunista, ni socialista, ni anarquista, quiere representar esa hermosísima ideología de hace unos años, que hacía creer que esta infamia de mundo podía cambiar de alguna manera.
18 de septiembre de 2010
Al son del son
No tengo a quien cantar, lisa y llanamente simple de entender, no tengo. ¿Por qué? Porque no hay quien. Entonces resuelvo el problema creando dioses de barro, oídos de barro y, por eso me remito a viejos acontecimientos memorables para urdir con ellos odiseas amorosas, cuando ya estoy zaceada de la bastedad vana e insufrible de la razón. Es que no puedo soportar más tiempo sin ponerle algo de azúcar a esto, y te imagino dulce y apacible, mío y apetecible como un caramelo.
Sin embargo, no puedo delinear más claro el horizonte entre la idea y su elemento tangible; a veces, vienes a mi cuarto y golpeas la puerta mientras duermo y creo que estás conmigo, de verdad escuchándome, riéndome, tocándome, besándome, caminándome. Pero te desvaneces, te marchas y te vuelves más real, más tuyo y menos mío, con tu dialéctica insoportable, tu dialéctica materialista propia de lo que parecieras aborrecer, ya sé porqué no te gusta el lado siniestro de la vida, el lado rojo de ella, el arrebol de los días, ya sé, porque todo eso es pasión, sí amor, rojo pasión, y eso, eso es de lo que tú careces, careces de esa pasión que emana del ventrículo más potente que bombea sangre ardiente y ahí me dejas, perdida en la pregunta por tu esencia, un aroma que no deja estela, como una herida invisible, que no se sabe como se hizo ni como se cura; la pregunta por tu ausencia por tu presencia tácita en cada palabra de éste monólogo.
Dejaría de inventar momentos ilusorios. ¿Pero cuál es el botón mode off de los recuerdos? Ya me voy quedando sin argumentos para justificar esta adicción malsana de escribir cuentos sin línea temporal, sin comienzo ni final, retornos, giros, y vueltas de carnero.
Quizás por eso no puedo desandar mis pasos en marcha atrás pero mirando hacia adelante, quiero tenderme en el suelo del vagón ferroviario sin destino acordado. Quizás así lleno este espacio vacío; absoluto, absurdo, unidireccional. Tal vez así nos enajenamos cuando se nos presenta muy de cerca la monstruosa presencia del sentimiento, del error consumado.
Entonces yo te invento como un juego, como un arma, hasta verte por ahí hecho hombre, y te escribo mientras, para dejar constancia de que exististe y de que dejarás de hacerlo algún día no muy lejano.
Sin embargo, no puedo delinear más claro el horizonte entre la idea y su elemento tangible; a veces, vienes a mi cuarto y golpeas la puerta mientras duermo y creo que estás conmigo, de verdad escuchándome, riéndome, tocándome, besándome, caminándome. Pero te desvaneces, te marchas y te vuelves más real, más tuyo y menos mío, con tu dialéctica insoportable, tu dialéctica materialista propia de lo que parecieras aborrecer, ya sé porqué no te gusta el lado siniestro de la vida, el lado rojo de ella, el arrebol de los días, ya sé, porque todo eso es pasión, sí amor, rojo pasión, y eso, eso es de lo que tú careces, careces de esa pasión que emana del ventrículo más potente que bombea sangre ardiente y ahí me dejas, perdida en la pregunta por tu esencia, un aroma que no deja estela, como una herida invisible, que no se sabe como se hizo ni como se cura; la pregunta por tu ausencia por tu presencia tácita en cada palabra de éste monólogo.
Dejaría de inventar momentos ilusorios. ¿Pero cuál es el botón mode off de los recuerdos? Ya me voy quedando sin argumentos para justificar esta adicción malsana de escribir cuentos sin línea temporal, sin comienzo ni final, retornos, giros, y vueltas de carnero.
Quizás por eso no puedo desandar mis pasos en marcha atrás pero mirando hacia adelante, quiero tenderme en el suelo del vagón ferroviario sin destino acordado. Quizás así lleno este espacio vacío; absoluto, absurdo, unidireccional. Tal vez así nos enajenamos cuando se nos presenta muy de cerca la monstruosa presencia del sentimiento, del error consumado.
Entonces yo te invento como un juego, como un arma, hasta verte por ahí hecho hombre, y te escribo mientras, para dejar constancia de que exististe y de que dejarás de hacerlo algún día no muy lejano.
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