6 de febrero de 2010

El padre y el hijo.

Dios es un ser humano. Invisible, silencioso pero aun así, lo es. Dios es el padre de todos nosotros y como todo padre, tiene un hijo predilecto. Ese hijo se llama Jesús.

Él como todo hijo, amaba a su padre por admiración y como siempre pasa, llegó a una edad en la cual cae el velo de la verdad arrasando con todo a su paso; entonces, el hijo se revela ante el padre.

Dios, padre, es omnipotente y omnipresente; él creó las leyes que permitían el pecado, la bondad y la salvación; de esta forma el sistema funcionaba como un engranaje a la perfección. Es así que desde tiempos remotos, dispuso las piezas en el tablero y comenzó a jugar. Dios hizo leyes que estaban destinadas a ser destruidas una y otra vez, y como consecuencia siempre estarían quienes imparten condenas y quienes son sentenciados.

Jesús, hijo, se reveló ante tales designios de su padre. Dijo basta! hágase revolución! Cruzó los límites de lo prohibido, encaró la suerte, y con ello, el pasado, el presente y el futuro.

Dios, indulgente, intentó persuadir a su altruista hijo diciéndole:
- Hijo mío, no seas necio, te estás dando de cabezazos contra el muro. Ellos, tus hermanos, han escogido su destino, ellos poseen el libre albedrío.

Jesús, por su parte, intransigentemente cuestionó:
- ¿Cuál es el sentido de crear reglas que están hechas para ser rotas? ¿Cuál es el fin de este maquiavélico plan? ¿Acaso no es tu reino lo suficientemente amplio para todos tus hijos? ¿Acaso es elitista? ¿Es la felicidad privilegio de unos pocos? ¿Qué clase de reino de Dios es este? ¿El que lleva a sus hijos como corderos al matadero? ¿No eres tú, lo bastante poderoso como para detener esto? ¿Por qué no lo haces?

Jesús, el hijo pródigo, la oveja negra de la familia. Generó tal nivel de conmoción entre sus pares, que ellos sintieron temor, sintieron celos y su padre, su padre no haría amagos de detener al favorito, olfateaban el peligro de un cambio al orden establecido y ¿Qué pasó? lo asesinaron.

Dios furibundo de agonía, estaba furioso, todo era rojo, sentía impotencia y rabia con su hijo, el más amado de todos los amados, el que dio todo por nada, entregó su vida por lograr el amor universal.

El dolor fue inmenso, desde entonces el cielo se tornó más oscuro, el sol más ardiente, el viento más feroz y sus hijos, destinados a la destrucción.

El favorito rompió las reglas, pero nada justificaba su fin y para mitigar su dolor, el mismo Dios se fue en contra sus principios y lo resucitó. La desobediencia de Jesús fue castigada con el peor de los apremios, una vida eterna. Así por los siglos de los siglos ha sido testigo de la perdición humana.
Pero Dios detrás de su firme postura, escondía un gran secreto en lo profundo de su corazón, el castigo dado a su hijo era una simple excusa para no tener que confesar que era preferible ese mal, que el perder a su hijo por siempre y de esta manera, la eternidad, él estaría donde sus manos lo pudiesen proteger del sistema. Un sistema egoista, voraz, capitalista y monstruoso, en un mundo en el cual entre el cielo y el suelo, no caben todos.

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Una pelusa escribió: